“No digas que fue un sueño”, Terenci Moix

Existe un tipo de novelas especial que es independiente del género del texto, característica con la que venimos seleccionando los libros leídos en el club. Un tipo particular que no deberíamos catalogar en función de la temática sobre la que versa su contenido sino, más bien, en un grupo aparte separado del resto de volúmenes. Porque las novelas  –y los libros en general– pueden hablarnos sobre muchas cosas pero, en este caso, lo más importante es cómo nos vemos afectados por ellas: formarán parte de nuestros recuerdos más agradables, pasarán de largo sin dejar ningún resto de su sustancia, nos molestarán de tal manera que llegaremos a odiarlas… Pero ese estante aparte, ese archivador especial, guardará aquellos textos que, por los motivos que sean, afecten de manera más profunda a nuestro espíritu y despierten nuestras más vivas pasiones, tanto las virtuosas como las deleznables. En ese estante es donde yo colocaría, sin ningún género de dudas, No digas que fue un sueño.

Antes de seguir leyendo, debéis saber que esta reseña va a presentar, a grandes rasgos, el argumento narrativo de la novela. Avisados quedáis. Aunque, todo sea dicho, este es un famoso pasaje de la historia que muchos de vosotros seguramente conozcais, y el valor de la obra se halla en las relaciones que se generan entre nuestros personajes mientras que la narrativa histórica sirve a Moix como pretexto, como una estructura para soportar todo el peso de unas pasiones que daran verdadera densidad al relato.

Las primeras páginas caen desde el cielo como metal pesado sobre cualquier expectativa previa haciendo que el tedio y el sopor nos transporten al luto de Cleopatra por el abandono de Marco Antonio y su matrimonio con la hermana de Octavio. Ese ritmo pesado no nos abandonará, y de hecho hace su papel puesto que sirve como fondo de toda la narración, que no es otra que una historia decadente y que nos cuenta el final de una era a través de los ojos de dos enamorados. Cleopatra, solitaria reina de Egipto, busca consuelo en los brazos de todos los hombres que le puedan recordar el vigor de Antonio, pero sabe que se engaña a sí misma y a los sustitutos del romano. Antonio, casado con el dechado de virtud romana que es Octavia, ahoga su frustración liberando sus más bajos instintos en los arrabales más deplorables de la ciudad de Atenas. No hay orgía lo suficientemente desatada que pueda borrar de su mente a la serpiente del Nilo.

Siguiendo la historia, Antonio envía a Octavia a Roma y vuelve a Alejandría, lo que supone toda una declaración de intenciones de cara a la urbe latina. Ya reunidos, Cleopatra vuelve a convertirse en la majestuosa heredera de los faraones y los ptolomeos, y Alejandría en la luz de Oriente mientras los amantes se revuelven en su gloria, más todavía cuando planean la gran empresa oriental que ha de hacer de Cesarión –hijo de Cleopatra y Julio Cesar– un nuevo Alejandro, un magno heredero de los mundos de Occidente y de Oriente. Pero Marco Antonio, que nunca ha sido un estratega, fracasa estrepitosamente en su campaña en Partia y vuelve, harapiento y derrotado, a los brazos de Alejandría. Pasan los años y la situación con Roma se vuelve insostenible: o Marco Antonio vuelve a Roma, o Roma tomará a Marco Antonio y a Egipto con él. A nuestros enamorados ya no les queda otra opción que presentar batalla a Octavio, y en Accio la flota egipcia es derrotada.

Una historia de amor universal para un momento clave la historia universal.
Una historia de amor universal para un momento clave de la historia universal.

A partir de aquí los protagonistas son conscientes de que su momento ha pasado y sólo les queda ya la oportunidad de ser los dueños de su propia muerte. El final de nuestros amantes es de sobra conocido. Pero es aquí donde mejor se entiende la profunda gama de emociones que ha venido atormentando a esta pareja, quizá mejor desde el punto de vista de Cleopatra. En este aspecto el trabajo y la dedicación de Moix son encomiables. Todas las facetas del amor, desde un odio acérrimo hasta la compasión más profunda, pasando por el enamoramiento ciego y el deseo extremo, TODO, queda reflejado en la historia de nuestros amantes y en las historias secundarias que salpican este momento álgido de la historia de la humanidad.

El lenguaje sublime, lleno de imágenes, de metáforas y comparaciones, trabajado hasta el último detalle, es el protagonista principal de la obra y el que nos guía a través de la historia y de los sentimientos de sus personajes. Gracias a ello estos personajes cobran una profundidad abismal, incluso secundarios como Octavia o Totmés, el sacerdote encargado de la educación de Cesarión. Pero ese mismo lenguaje se convierte en un arma de doble filo y su pesadez se vuelve indigesta, con lo que la obra puede llegar a disgustar tanto como gusta. Personalmente, creo que el excesivo protagonismo de su estilo narrativo es el mayor problema de la novela. Moix fue un amante de Egipto, esto se nota y el autor se gusta escribiendo sobre su tema predilecto pero, al mismo tiempo, la lentitud hace que se pierda cierta fuerza en las pasiones de nuestros personajes y, sobre todo, en la épica de un momento de la historia que determinó el cambio hacia un mundo nuevo. Pero esta es una novela romántica y, si de amor se trata, No digas que fue un sueño es un auténtico ensayo sobre la materia.

 

“El hombre teme al tiempo. Y el tiempo sólo teme a las pirámides”


Título: No digas que fue un sueño

Autor: Terenci Moix

Publicación: España, 1986


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