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Trilogía de las Eras, de Eric J. Hobsbawm

No soy yo muy de reseñar historia, principalmente por dos motivos. Primero, lo que yo pueda o no decir sobre el objeto de la obra no será mejor que lo que el autor nos quiera contar. Que para eso es esa persona quien se especializa y escribe un libro y no yo. Segundo, porque siendo historia el objeto que nos traemos entre manos, nada mejor que poder acceder a ese objeto a través de las obras o restos que han tenido la suerte de llegar hasta nuestros días. Precisamente el trabajo de los historiadores nos sirve de antesala y de guía para poder disfrutar de los documentos históricos desde nuestro punto de vista contemporáneo.

Así pues, teniendo estas razones en mente, ¿por qué ensuciarme con algo que sé que no me va a salir bien? Pues porque pienso firmemente que los libros de Hobsbawm merecen ser leídos. Y si esta humilde reseña sirve para que a alguien le entre el gusanillo habrá merecido la pena.

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Podéis optar por el volumen unificado o por la edición en tres tomos independientes.

Todos hemos aprendido historia en algún momento de nuestra carrera escolar. Y aunque ese conjunto de conocimientos se nos muestra en cierto modo resumido y simplificado para que sea fácil de absorber, también es cierto que hay un momento en que los sucesos de la sociedad occidental se acumulan de tal modo que no hay resumen ni simplificación que hagan masticable la complejidad de los cambios que se produjeron en esa sociedad y que todavía hoy forman parte de su ADN. Ese momento se correspondería con la etapa que Hobsbawm cubre en estos tres libros: el s. XIX “largo”, desde 1789 hasta 1914.

Como habréis intuido, se trata de dos fechas referentes a dos sucesos concretos (toma de la Bastilla y atentado de Sarajevo) y que en cierto modo marcan el inicio y el final de un periodo de transformaciones que cambió el mundo. Y digo el mundo y no la sociedad occidental porque durante ese periodo los sucesos que se dieron, si bien tenían su epicentro en la Europa central, afectaban ya a todas las regiones del globo de manera más o menos directa. También cabe indicar que la historia es un continuo que no se abre y se cierra en momentos particulares y que, por tanto, esas fechas nos sirven como puntos de referencia pero los cambios que cristalizan en dicho periodo hunden sus raíces en décadas anteriores -resulta difícil poner fecha de inicio a la Revolución Industrial- y afectan incluso a nuestros días.

Hobsbawm divide su obra en tres tomos según el carácter que toma el periodo histórico concreto: 1789-1848, La Era de la Revolución, marcada por los desarrollos de la maquinaria industrial, que poco a poco iba minando los fundamentos económicos de la sociedad feudal, y el periodo revolucionario que supondría un choque frontal contra ese ancien regime y abriría la posibilidad del derrocamiento en todas las coronas europeas hasta su estabilización tras la Revolución de 1848 por la cual se establecía el estado-nación democrático liberal como estándar de la nueva sociedad; 1848-1875, La Era del Capital, un periodo donde la estabilidad política y el enorme crecimiento económico-industrial crearan la imagen de un nuevo mundo de ilimitada riqueza y progreso bajo la bandera de la nueva sociedad de mercado; y por último, 1875-1914, La Era del Imperio, abierta por la primera gran depresión de la economía capitalista y la carrera imperialista, la cual anunciaba que la ilusión de progreso infinito de la nueva sociedad se dirigía irremediablemente hacía un punto crítico donde fracasaría de una manera como no se había visto jamás.

La división del periodo en tres épocas diferentes nos ayuda a hacernos una imagen más organizada de todo el s. XIX “largo”, lo que nos resulta bastante útil a la hora de abordar la enorme cantidad de sucesos en tan corto espacio de tiempo. Empezamos con aristócratas que vestían mallas y pelucas, vivían de las rentas de sus territorios, viajaban en coches de caballos y se reunían en las cortes reales y terminamos con magnates industriales y financieros de frac y chistera que utilizan los nuevos vehículos propulsados por motores de explosión y que hacen política desde las cámaras de representantes electos. Y todo en cuestión de 125 años. No sólo la nueva burguesía liberal desplazó en muchos lugares a la antigua aristocracia conservadora. Esta época vio nacer a la clase trabajadora y a las masas de productores y consumidores que llevaban el peso de la nueva economía.

Pero no hablamos solamente de las clases que surgieron y se reubicaron en el esquema social. El mapa de Europa cambió radicalmente, las fronteras se redibujaron decenas de veces mediante innumerables tratados. El esquema político no cesó de cambiar. Más todavía, se transformó la manera en que se miraba el mapa, pasando de los conjuntos de tierras que estaban bajo título de una misma persona a un nuevo concepto de estado unitario geográfica, social y culturalmente. Lo mismo pasó con la economía y la industria, con el establecimiento de mercados internos y de sistemas monetarios y de crédito internacionales, con la explotación colonial y el avance industrial, en una carrera que finalmente desembocaría en el abismo de la guerra. Y otro tanto con el arte y las nuevas tecnologías como la fotografía y el cine cuyo impacto cambió radicalmente la concepción del sentido artístico.

Como decía más arriba, esto sólo pretende ser una reseña mediocre, puesto que la profundidad de conocimientos que ofrece Hobsbawm no cabe en cuatro párrafos. Pero pocas veces tiene uno la suerte de encontrar títulos que presenten esa cantidad de sabiduría condensada y presentada de manera tan clara, amena e interesante, y que además nos ilustren y nos sean de tan gran utilidad para entender el mundo contemporáneo en el que vivimos y donde están sus orígenes. Tres tomos que bien han atrapado mi atención y que también merecen la de cualquier otro lector.


 Título: La Era de la Revolución; La Era del Capital; La Era del Imperio

Autor: Eric J. Hobsbawm

Publicación: Reino Unido, 1962; 1975; 1987 (trad. ed. Crítica, 1997; 1998; 1998)


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